El motorista

Autor: Conrad Kurtz

Silvia lo ve acercarse al mostrador con el diario en la mano. Como cada día. Es el tercero en la cola, pero ella ya sólo puede verle a él. Despacha con torpeza a la mujer del Renault rojo y abre el surtidor número seis para que el camionero pueda llenar el depósito. Listo. Es su turno, ahora sí. Ha contado las veces que ha venido desde que apareció, hace algo más de dos semanas. Siete en total. Y aún no se ha quitado el casco ni una sola vez.

Como si siguiera una rutina calculada, cada mañana aparca la moto frente a la caja de noche, a pocos metros de donde ella atiende a los clientes. Se dirige sin prisas al expositor de la prensa y coge un diario, casi nunca el mismo. Luego camina en línea recta hacia la caja. A Silvia le pareció extraño verlo avanzar hacia ella con su diario bajo el brazo, oculto bajo un casco negro y gris. Hubiera tenido miedo si no fuera porque a las ocho y media de la mañana la gasolinera está repleta de gente. Ningún atracador se atrevería a intimidarla a esa hora, se dijo entonces.

Ahora que ya se ha acostumbrado, siente verdadera curiosidad. Le atiende con una sonrisa y espera que él la corresponda. Tal vez le cuente algo, como que vive a cuatro calles, o que esa gasolinera al lado de la autovía es el único lugar que le coge de paso para comprar el diario de camino al trabajo. Pero normalmente Silvia se tiene que conformar observando las arrugas que se forman alrededor de sus ojos. Ésa y no otra es su manera de sonreír a través de la abertura del casco.

Silvia se alegra cuando comprueba que le paga con un billete. Normalmente le da el importe exacto, así que su encuentro acaba justo en el momento en que el motorista deposita las monedas en la palma de su mano. Hoy no es así, y Silvia simula no encontrar cambio para devolverle. Parece que hoy voy justa de cambio, le dice. Él se encoge de hombros y aparecen las arrugas alrededor de los ojos. Ella tararea una canción mientras remueve innecesariamente las monedas en la caja. Vaya, qué mala pata, añade, y le oye responder: no pasa nada, no tengo mucha prisa. Su voz suena lejana y metálica.

Jacinto, que hoy está alargando el turno de noche, mira a Silvia perplejo. ¿Buscas monedas?, le pregunta. Si tuvieran dientes ya te habrían mordido. Silvia deja escapar una risa desencantada y cierra la caja de un golpe. Qué tonta soy, dice. Él vuelve a encogerse de hombros. La mira a través de la visera y a ella le decepciona que ya no haya ni una arruga en el contorno de su mirada.

Como cada mañana, Silvia le sigue con la mirada a través del cristal. Viste unos vaqueros negros y un anorak azul repleto de bolsillos. Como suele hacer a diario, se detiene frente a su moto, saca un cuaderno de uno de los bolsillos y toma unas notas. Luego abre la maleta de la moto y guarda en ella el diario. Silvia fantasea con la posibilidad de que sea un escritor, tal vez un poeta. Podría ser un músico que improvisa las letras de sus canciones. Él sube a la moto, se pone unos guantes oscuros y se aleja a toda velocidad.

* * *

Las horas pasan lentamente tras la caja de la gasolinera. Hay un reloj de pared a su espalda y Silvia hace cuanto puede por ignorarlo. Pero el reloj se ríe a su espalda, ella lo sabe. Su tic-tac es tan persistente que ni siquiera cuando atiende a los clientes consigue quitárselo de la cabeza. Al principio hacía esfuerzos por no mirarlo. No dejes que te domine, Silvia, se decía. Pero el afán por ignorar sus agujas odiosas parecía detener el tiempo. Ella llegó a convencerse de que se paraba si no lo miraba. Como si le dijera: este minuto no ha contado, Silvia, volvemos a empezar.

Silvia se promete a diario que va a plantearse seriamente cambiar de trabajo.

* * *

El sol ha salido ya y Silvia se quita las legañas mientras cierra la novela. ¿Aún andas con ese libro?, le pregunta Jacinto. Ya ves, responde ella. A una página por día, tú dirás. Jacinto levanta la vista hacia el techo y reprime un bostezo. Luego se gira y mira el reloj de pared. No quiero saber qué hora es, le recuerda Silvia, y Jenaro se ríe de ella. Anda, cobra tú, que esto empieza a animarse.

Él aparece con su ritual diario: baja de la moto y se desabrocha el casco, pero no se lo quita, como los galanes que se llevan la mano al sombrero cuando se dirigen a una señora. A Silvia se le ocurre que en cierto modo su motorista se parece a un caballero, sólo que en vez de yelmo usa ese maldito casco de dos colores.

Como cada día, se dirige a la caja con el diario en la mano. Esta vez no tiene que hacer cola. Silvia le sonríe. Buenos días, le dice, y en seguida vuelven a brotar las arrugas junto a los ojos. ¿Nada más?, le pregunta. Él se encoge de hombros, como siempre. Nada más, gracias. Deposita el importe exacto en la palma de la mano de Silvia. Ella observa que tiene las manos finas y los dedos largos. Nunca se había fijado hasta ahora.

El motorista sale de la tienda de la gasolinera y se dirige hacia su moto. Silvia no le quita ojo de encima. Él se detiene para guardar el diario en la maleta, pero una vez más abre la libreta y toma sus notas. ¿Qué pasa, Silvia: te gusta el motorista?, le espeta Jacinto. No digas tonterías, replica ella ofendida. El motorista pasa la pierna derecha por encima del asiento y gira la llave. En pocos segundos desaparece. A Silvia le parece que la ha mirado antes de irse.

* * *

Falta un cuarto de hora para las cuatro de la tarde, la hora en que Silvia se reconcilia a diario con el reloj de pared. El único momento del día en que se atreve a mirarlo frente a frente. En realidad, el reloj está colgado bastante más arriba, así que ella siempre tiene que mirar hacia arriba. Silvia recoge sus cosas y se prepara para volver a casa. Apenas ha dormido la última noche y no sabe si le puede más el hambre o el sueño.

Dan las cuatro. Silvia casi olvida su novela. La abre por una página al azar y lee un par de líneas. Se pregunta si el motorista estará escribiendo tal vez algún libro. Puede que ella misma esté inspirando un personaje sin saberlo. La chica de la gasolinera. Si es así, lo mejor sería que un día el escritor se quitara el casco y la mirara a los ojos. No puedes crear un personaje creíble si no haces ningún esfuerzo por conocerlo, se dice Silvia, sin darse cuenta de que gesticula mientras habla.

La encargada del bar la mira con curiosidad. ¿Ya estás soñando despierta, Silvita?, le dice. Siempre la llama Silvita. En realidad, usa los diminutivos para todo, por eso Jacinto se burla de ella todo el día. Silvia le sonríe y mira al techo bostezando -¿por qué todo el mundo mira al techo antes de irse a casa?-. Me voy, Asun. Estoy hecha un asco. Un asquito.

* * *

Ya casi está cruzando la puerta cuando oye gritar su nombre desde la oficina. Silvia odia ese grito. Vuelve sobre sus pasos y asoma la cabeza por la ventana del cuchitril. Allí todos lo llaman así: el cuchitril. Es el nombre más apropiado. Pasa un momento, Silvia, le pide el jefe. ¿Pasa algo, Antonio? Nada, nada, le responde. Pasa un momento, Silvita, le dice, adoptando el diminutivo de Asun.

Tengo que darte una buena noticia, le dice el jefe. Bueno, pues tú dirás, Antonio. Mira, Silvia, a lo mejor ya sabes que la empresa está desarrollando una nueva política de calidad. Silvia lo mira algo extrañada y asiente tímidamente. Él continúa hablando. Se siente a gusto con ese vocabulario: desarrollando, política, calidad.

Lógicamente, eso afecta también a los empleados, continúa él. ¿Sabes por dónde voy, Silvita? Ella se encoge de hombros, como hubiera hecho el motorista. No lo sé, Antonio, la verdad es que no lo sé. Verás, prosigue, durante las últimas semanas los jefes, y cuando digo los jefes me refiero a los de arriba, ya sabes –mientras dice esto, Antonio señala hacia con el dedo índice hacia el reloj, y Silvia tiene miedo de que le entre la risa tonta–. Bueno, pues como te decía, los jefazos han estado haciendo un seguimiento de los empleados. Y mira por dónde, Silvita, tú has salido muy bien parada. ¿Y cómo es eso?, pregunta ella, que aún reprime la risa. Pues eso es porque tú tienes una puntuación de noventa y tantos sobre cien. Vamos, que eres la empleada casi perfecta. ¿Qué te parece?, le pregunta mirándola fijamente con sus ojos saltones. Silvia recuerda un chiste que Jacinto le contó sobre un sapo y tiene que forzar una tos excesiva para no reírse en sus narices. Me parece bien, claro, consigue murmurar. Lo que no entiendo es cómo han hecho ese seguimiento, porque aquí no ha venido nadie de arriba que no seas tú, Antonio. Él la mira enternecido, con verdadero amor paternal. Ay, mi Silvita, le dice, no pierdas nunca esa ingenuidad.

A Silvia se le pasan de repente las ganas de reír.

* * *

Al día siguiente, el motorista no aparece. Ni tampoco al siguiente. Y a Silvia le parece que el de arriba, ése que le mira el cogote mientras cobra en la caja, se ríe de ella hoy más que ayer.

 

 

 

¡Suscríbete a nuestro newsletter!

* = campo obligatorio

powered by MailChimp!

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*