Mauricio Bernal, escritor: “Las editoriales cada vez apuestan más por lo comercial y menos por el prestigio”

"Entiendo que para las editoriales es complicado gestionar un gran volumen de manuscritos, pero antaño hubo un modelo de negocio en el que se buscaba el equilibrio"

Foto: Piergiorgio M. Sandri.

Por Inma Santos Herrera

Periodista y, por encima de todo, escritor. Mauricio Bernal (Bogotá, 1973) llegó a Barcelona en abril de 1999 con un objetivo: acabar sus estudios de periodismo. Y un gran anhelo: ser escritor. Aquel joven de 25 años traía en su maleta una experiencia periodística de tres años en el diario El Espectador de su ciudad natal, donde cubrió una serie de reportajes sobre el conflicto armado en Colombia y donde, literariamente hablando, hizo realidad lo que llama su “primera exposición pública como literato”: la publicación del cuento Palabras que hay que comerse en el Magazín Dominical del mismo diario. En Barcelona encontró una oportunidad profesional y se incorporó a la redacción de El Periódico de Catalunya, donde trabaja desde hace 15 años. Lejos de su familia y sus amigos, encontró las condiciones adecuadas para dedicarse a lo que quería, escribir. Pero le queda aún una gran asignatura pendiente: encontrar editorial.

Has publicado tres novelas: La dificultad de las cosas (2006), Tácticas contra el tedio (2008) y Los Grotescos (2013). Y una cuarta que verá la luz próximamente, en abril, en la Feria del Libro de Bogotá. Todas editadas en Colombia…

Sí, llevo 17 años viviendo en Barcelona y quizá lo lógico sería tener una editorial aquí, pero no ha habido manera. Aunque la había terminado dos o tres años antes, La dificultad de las cosas se publicó en el 2006, en Colombia, después de varios intentos de publicarla en España y de fracasar estrepitosamente… Fracasé sobre todo porque aquí era un absoluto desconocido, y porque la estrategia que puse en práctica fue errónea.

Errónea, ¿por qué?

Quizá si alguien me hubiera asesorado… Pero decidí por mi cuenta no enviarla a editoriales pequeñas. Al fin y al cabo, pensé entonces, las editoriales pequeñas, al tener un presupuesto reducido, posiblemente tienen que mirarlo todo con lupa; mejor enviarla a las grandes, que para eso tienen dinero, para cometer errores…

¿Y?

Y… aún tengo guardadas las cartas de rechazo de Anagrama, Tusquets y Alfaguara…Ah, y estoy esperando aún la de Mondadori [risas].

Así es como yo creo que funcionan las cosas en el mundo de la edición; un poco por méritos, supongo, pero un poco más por conocer a la gente adecuada, por contactos, por saber con quién tienes que hablar y en qué momento. Si tienes amigos es mucho más sencillo. No digo con ello que el mérito no sea un criterio

Pero en Colombia sí que te la publicaron… ¿Allí es más fácil?

No. Funciona igual. Después de fracasar aquí, guardé la novela en un cajón y empecé a escribir otra. Pensé: ‘Si la primera no es lo bastante buena, lo bastante digna de ser publicada, la segunda lo será, y si no, la tercera’. Lo que tenía claro es que yo iba a escribir. Pero mientras estaba escribiendo la segunda, empezándola, apareció un amigo, alguien que había sido alumno mío en la universidad y que había entrado a trabajar en una editorial, Villegas Editores, que en Colombia es muy conocida por sus libros de gran formato. A mi amigo le habían dado luz verde para poner en marcha un sello literario, y como sabía que yo escribía, me preguntó un día si tenía algo en el cajón.

En cualquier caso, eso fue con La dificultad de las cosas, pero después ha habido tres novelas más y las tres se han editado también en Colombia. Algo aprendería de la primera experiencia. ¿O es que tiró la toalla y se rindió?

No, no he tirado la toalla, sigo escribiendo, por supuesto. De hecho, después de publicar Tácticas, de nuevo con Villegas, y de encontrarme de nuevo sin editor –Villegas había cerrado esa colección, la Colección Turquesa– con Los Grotescos volví a buscar editorial aquí, pero cambié de estrategia y lo intenté con las pequeñas. Así que salí a buscar editoriales pequeñas… con exactamente el mismo resultado. No hubo manera, y al cabo del tiempo volví a publicar en Colombia, de nuevo en parte gracias a los contactos; el tema de conocer a alguien en las esferas de decisión. No digo que fuera lo único que contara, pero contó. Por eso pude publicar Los Grotescos con El Peregrino Ediciones, que es una editorial colombiana pequeña pero que trabaja los libros con un gusto exquisito. Tiraron 500 ejemplares.

Una vez más, a través de contactos. ¿Ni siquiera en tu país apuestan por ti?

Bueno, parece que aún no hago méritos suficientes para que un desconocido, alguien que no sabe nada de mí, que solamente ha leído mi obra, me publique porque sí, porque le ha gustado y cree en mí. En Colombia soy un escritor que para empezar vive fuera, que no tiene ninguna presencia mediática; no soy conocido de ninguna manera o, en todo caso, solo soy conocido en un círculo muy, muy, muy pequeño…

¿Insinúas que para publicar hay que tener contactos?

Insinúo que hay que saber moverse, saber venderse y tener habilidades sociales, tres atributos de los que yo carezco. Así es como yo creo que funcionan las cosas en el mundo de la edición, un poco por méritos, supongo, pero un poco más por conocer a la gente adecuada, por contactos, por saber con quién tienes que hablar y en qué momento. Si tienes amigos es mucho más sencillo. No digo con ello que el mérito no sea un criterio, que lo debe ser, pero en la enorme clase media de la literatura, de la que yo formo parte, no suele ocurrir eso de: “Este tipo es un genio, va a ser una figura de la literatura, tenemos que publicarle ya porque se nos adelantan…”. No, no es así como funciona. Y como la mayoría de los escritores pertenecemos a esa clase media, pues…

¿Qué le reprochas a las editoriales?

Supongo que la vida es bastante dura para todos, incluidas las editoriales, tampoco les puedes exigir nada. Me imagino que hay centenares de escritores enviando manuscritos a todas partes y que gestionar todo ese volumen es complicado.

Pero…

Pero en las editoriales había antaño un modelo de negocio en el que se buscaba el equilibrio. Algo así como: “Publico esto porque se vende bien para poder publicar esto otro que es lo que realmente me gusta y no vende tanto”. Era un sistema con el que intentaban mantener un equilibrio entre lo comercial y lo que les daba reputación o prestigio. Con esto no quiero decir, ni mucho menos, que mis libros pertenezcan a la categoría de los que podrían dar prestigio o reputación a una editorial. Simplemente creo que la balanza ya no está equilibrada, que cada vez pesa más lo comercial y la parte de la reputación se ha quedado rezagada. “Para qué, si no da dinero, qué más dan la reputación o el prestigio”. Pero eso era algo que antes se valoraba.

¿Cuál es el gran escollo de los escritores noveles?

Encontrar a alguien que se arriesgue por ti, que no es poca cosa; alguien que se tome la molestia de poner un dinero porque decidió creer en eso que tú escribiste en tus noches de soledad. Es complicado y arriesgado, pero debería hacerse con más frecuencia porque de lo contrario esto se va a morir y terminarán publicándose sólo libros comerciales, muchos de ellos mediocres, porque lo comercial tiende a la mediocridad, y ese me parece un escenario lamentable.

Creo que si lo que realmente quieres es dedicarte a la literatura, no puedes ejercer como periodista toda la vida, porque los automatismos te fastidian la prosa.

Como muchos escritores, también eres periodista. De hecho, hace 15 años que trabajas en El Periódico de Catalunya. ¿Hasta qué punto son dos profesiones relacionadas o en qué medida una repercute positiva o negativamente en la otra?

Una vez leí en alguna parte que el periodismo y la literatura se alimentaban mutuamente, pero que a partir de cierto punto era imperativo que los escritores abandonaran la sala de redacción porque las fórmulas periodísticas acababan por perjudicar la escritura literaria. Porque los vicios se quedan… Esa afirmación no me parece un disparate. Ciertamente, creo que llega un momento en que resulta cada vez más difícil diferenciar entre lo que escribes y cómo lo escribes para un periódico y lo que escribes y cómo lo escribes en tu mundo literario. Creo que si lo que realmente quieres es dedicarte a la literatura, no puedes ejercer como periodista toda la vida, porque los automatismos te fastidian la prosa.

Y, sin embargo, después de más de 15 años, no has dejado la profesión…

Porque está la vida, con sus exigencias cotidianas y eso prosaico que es tener que ganarse el pan, y lo único que sé hacer para ganarme la vida es escribir.

Suena a resignación, pero ¿no hay una relación entre tu faceta de escritor y tu faceta de periodista? ¿No son vasos comunicantes?

Hace seis meses a esa pregunta te habría respondido que no. Pero sí, sí que hay vasos comunicantes, sobre todo porque es inevitable que lo que vives, incluido aquello en lo que trabajas, no lo acabes reflejando de alguna manera en tu literatura. Sin ir más lejos, hay un par de personajes en mis novelas que son periodistas, y algunas escenas tienen lugar en una redacción. Es más, la novela que estoy escribiendo ahora tiene lugar casi íntegramente en una redacción, los protagonistas son periodistas… Supongo que es inevitable. Ahora bien, desde el punto de vista de la escritura, yo creo que esos vasos comunicantes más bien no deberían existir, que uno tiene que liberarse de todos los vicios adquiridos después de años de repetir fórmulas periodísticas cuando se pone por la noche o por la mañana a escribir en su casa. Periodísticamente procuro huir de las convenciones del género, pero es inevitable caer en ciertos automatismos y modismos de la profesión, que uno tiene que abandonar cuando se sienta a escribir literatura. Cuanto más tiempo pasa uno trabajando en un periódico más difícil resulta hacerlo.

Y, después de tanto tiempo, ¿aún lo consigues?

Sí, lo consigo, pero también creo que estoy a punto de no conseguirlo, de dejarme envolver totalmente por los modos de escribir periodísticos, que no son ni mejores ni peores. Simplemente, no son lo que uno espera trasladar al papel cuando está haciendo literatura, o intentando hacerla.

¿Qué ha cambiado en estos años en la forma de escribir del Mauricio periodista?

Cuando publiqué Los Grotescos en el 2013 me hicieron una entrevista en la que me preguntaron por mi forma de escribir, porque la persona que me hizo la entrevista recordaba mi época en El Espectador, cuando escribía lo que quería y como quería con toda libertad. Toda, toda la libertad. Ahora ya no tanto. Esa persona me preguntaba dónde estaba toda esa locura que yo ponía en el periodismo… Y la respuesta es que toda esa locura ya no la pongo en el periodismo, la pongo en la literatura. Yo creo que la gente que ha leído novelas mías habrá entendido que ese punto de locura en lo que escribo no es tanto locura como un intento de coger la realidad, estirarla, hacerla lo más elástica posible y convertirla en algo caricaturesco pero verosímil de cara al lector. Forzar las situaciones, el carácter de los personajes, forzarlo todo… y forzar al lector a creérselo. Como diciéndole: “Yo sé que usted piensa que estoy loco, que usted cree que esto no puede suceder en la realidad, pero yo aquí le voy a dar una serie de elementos para que usted se lo crea”.

Mis historias pueden resultar inverosímiles, pero mi reto es hacerlas verosímiles.

¿Ese es el reto cuando escribes?

Es parte del reto. Mis historias pueden resultar inverosímiles, pero mi reto es hacerlas verosímiles. Hay muchos retos cuando uno se sienta a escribir: el reto de escribirlo bien, de encontrar la palabra adecuada y la expresión justa para describir lo que uno quiere tal y como lo tiene en la cabeza… Yo creo que ese es el primer reto, saber utilizar el lenguaje para expresar lo que uno quiere expresar. Y luego, según el tipo de literatura, cada uno tiene o se impone determinados retos. En mi caso, y no digo que sea el único, uno de ellos es hacer verosímiles historias que en principio pueden no parecerlo.

¿Cuál es su mayor satisfacción al escribir?

Acabar un libro, el simple hecho de acabarlo, independientemente de la calidad que tenga, ya es una satisfacción porque no deja de ser el final de una empresa ardua, larga, complicada…Y llegar al final, incluso cuando tienes consciencia de que no es tan bueno como esperabas, que el libro chirría, está muy bien. Ahora bien: ojalá  fuera sólo llegar al final. Luego tienes que releer y corregir y reescribir y eso es lo más duro y difícil, creo yo. Además, los escritores como yo, que se encuentran en mi condición, que supongo que son la mayoría, tenemos que preocuparnos, una vez acabado el libro, de encontrar una editorial, de buscar a alguien que nos publique, de buscar o no buscar a un agente que nos represente, si es que hay alguien que quiere hacerlo… Un proceso cansino y aburrido por el que yo y creo que muchos como yo preferiríamos no pasar. Yo escribo para mí pero también para los demás, y si escribes para los demás quiere decir que quieres lectores. Y si quieres lectores, tienes que salir a buscarlos.

Yo escribo para mí pero también para los demás, y si escribes para los demás quiere decir que quieres lectores. Y si quieres lectores, tienes que salir a buscarlos.

Pero, para eso, hay que darse a conocer. ¿Cómo lo haces tú?

Lo cierto es que no lo hago, porque soy de los que cree que el libro habla por uno mismo y no al revés.

¿Escribes para un público en concreto al que tienes en cuenta antes de ponerte a escribir?

No, para nada. A posteriori sí me gusta tener lectores con los que poder conversar y compartir, entre otras cosas porque entiendo que me pueden aportar perspectiva para futuros trabajos… Pero, a priori, no escribo para un público concreto, escribo para mí y escribo sobre mis cosas, sobre lo que me interesa, lo que me da miedo… El motor que me pone en marcha es ese: la idea de llevar a cabo un proyecto de relatar algo que para mí resulta importante o significativo. Eso como motor, pero luego necesito lectores, un público, como cualquier artista. Escribir es una manera de comunicarte.

Si la mayor satisfacción es publicar, y dada la dificultad de encontrar editorial, ¿no te has planteado nunca alguna otra fórmula? ¿Qué te parece la autoedición?

De momento, no he tenido que planteármelo porque, aunque me cuesta publicar en España, en Colombia hasta ahora siempre ha habido alguien interesado en publicarme. Supongo que la mayoría de escritores prefieren evitar en lo posible la autoedición, por varias razones, pero especialmente porque saben que el lector recela y automáticamente pone en tela de juicio la calidad de los autoeditados. Algo del tipo: “Ah. Si este tuvo que autoeditarse es porque nadie lo quiso editar, entonces no debe ser muy bueno”. Lo cual no es necesariamente cierto, claro.

¿A quién te gustaría parecerte como escritor?

Uff. Siempre me cuesta responder esa pregunta. Ahora, en este momento, que me resulten fascinantes y realmente quisiera ser como ellos, que me produzca envidia lo que escriben y cómo lo escriben…Thomas Bernard, Philip Roth… Cortázar, que hace años que no lo leía y ahora lo menciono mucho porque he recuperado la sensación de que es genial. Hay que leer y aprender de ese hombre. Por otro lado, el escritor que nunca querría llegar a ser es el escritor que escribe por dinero; el escritor que escribe para gustar, para vender y para ganar dinero.

Por supuesto que me gustaría ganar dinero con mis novelas, pero creo que la literatura no es una actividad comercial (…), es un diálogo del escritor consigo mismo y con la gente

¿Por qué?

No porque no me guste el dinero, por supuesto que me gustaría ganar dinero con mis novelas, pero creo que la literatura no es una actividad comercial, es algo muy distinto: para empezar, es un diálogo del escritor consigo mismo y con la gente que después lo lee; es una reflexión sobre el mundo visto desde la perspectiva del escritor; es muchas cosas que es difícil conciliar con la idea de ganar dinero como objetivo primordial.

Es cierto que pese a tus dificultades para editar en España, Colombia aún no te ha fallado. Tu cuarta novela, Dioses del montón, está a punto de ver la luz y repite experiencia con El Peregrino Ediciones. ¿Qué nos puedes decir de ella?

Lo que me gusta decir de ella es que es, curiosamente, la novela más latinoamericana de todas las que he escrito hasta ahora. Siempre he defendido que un latinoamericano no está obligado a escribir literatura latinoamericana, que las fronteras de un escritor no pueden ser las de su geografía, que no debe tenerlas, en general, con lo cual a mí mismo me ha sorprendido.

¿Qué esperas de ella?

¿Qué espero de ella? Que la lea mucha gente, que la disfruten y que me permita de una vez por todas vivir de la literatura. Es la misma esperanza que pongo en todas. No va a ocurrir, pero es agradable pensar en ello.

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