Novelar una experiencia vital

Vistas de Potosí (Bolivia), uno de los escenarios de la novela de Esteve Pagès

Por Esteve Pagès, escritor.

Recientemente he publicado mi primera novela, El futur esperant (El futuro esperando). En ella narro una historia que me permite explicar un viaje real. Aun así, no deja de ser una novela. Es de este hecho, que de entrada parece contradictorio, de lo que os quiero hablar: de cómo enriquecer y hacer más atractiva una experiencia real convirtiéndola en una novela. No tengo nada en contra de los libros de viajes, pero para mí tienen un inconveniente: te limitan a la vivencia real, te obligan a narrar de manera fidedigna las situaciones tal como pasaron, el filtro de la verdad no te deja margen de maniobra. No soy ingenuo, sé que en cualquier libro de viajes hay mucha “salsa”, pero ese ya es otro tema.

Así pues, lo primero es vivir en propia piel una experiencia vital. En mi caso concreto fue un viaje por Latinoamérica que tuvo una duración de un año y durante el cual recorrí doce países. El mero hecho de viajar sin la presión de tener ante ti un límite de tiempo ya supone un aliciente por sí solo, pero en ese viaje se añadió otro que aún lo hizo más intenso y completo si cabe: visitar asociaciones locales de cada país que dedicaban su esfuerzo a mejorar las condiciones de vida de comunidades indígenas y/o rurales, o de sectores marginados y vulnerables de la sociedad en general, en este segundo caso sobre todo en zonas periféricas de las grandes urbes.

La pregunta que os podéis hacer es obvia: ¿Por qué novelar cuando tenemos una cantidad tan extensa y diversa de experiencias impresionantes, exóticas, diferentes, emocionantes, que pueden suscitar fácilmente el interés de lectores de nuestra acomodada sociedad? La respuesta para mí es evidente: para abrirle la puerta a la imaginación.

Crear personajes

Por lo tanto nos hará falta crear unos personajes. Dando este paso lo que hacemos es descartar definitivamente escribir un libro de viajes (que obliga a redactar en primera persona), y en vez de eso construir una novela (haciendo que la experiencia que hemos vivido la cuente un narrador). Crear personajes nos permite emanciparnos de la experiencia real, tomar distancia respecto a ella, para de ese modo abordarla desde una perspectiva más amplia, abarcando así un espectro más extenso de elementos que puedan formar parte de él con el fin de poder conseguir nuestro objetivo. Porque sí, efectivamente, yo perseguía un objetivo llevando a cabo este proceso.

Haciendo un esfuerzo prodigioso de síntesis os diré que la idea nuclear que extraje de mi viaje por Latinoamérica fue darme cuenta que las preguntas originarias, las preguntas elementales que puede hacerse cualquier ser humano, son siempre las mismas; lo que varía es el lugar, la perspectiva, el ángulo desde donde se hacen esas preguntas. Este hecho provoca algo apasionante, ver cómo sin transformar, alterar o modificar las preguntas de siempre, lo que sí varía de forma evidente son las respuestas. Mi objetivo estaba marcado, yo quería escribir una novela que reflejase ese hecho. Hay un párrafo de El futur esperant que expresa de manera muy evidente lo que perseguía, dice lo siguiente: “El ancestral y mítico hermetismo del carácter indígena ha quedado fulminado cuando Efraín termina su relato. De igual modo, la comprensión de la identidad cultural indígena, acaba también haciendo eclosión en las consciencias de Martí y Desi, y rompiendo las estructuras de pensamiento occidental de las que son originarios, se filtra hasta las preguntas más elementales referidas a la existencia humana, para modificar el lugar donde recaía el acento, para transformarlas o, directamente, para borrarlas”.

Cuestión de método

Tenía, pues, un argumento para transformar una experiencia real en novela y también un objetivo, que me ofrecía la posibilidad de incluir otros elementos a parte de los puramente reales. Sólo me faltaba un método.

El método me tenía que permitir hacer convivir de manera armónica los tres elementos que habían de configurar todo el proceso creativo. Dos de ellos ya los conocemos: el viaje como experiencia vital y la voluntad de reflexionar sobre las preguntas elementales que se puede hacer cualquier persona. El tercero no podía ser otro que el de pensar una historia que me sirviera tanto de hilo conductor de toda la narración, como de nexo que uniera los tres elementos. Es decir, crear unos personajes que protagonizasen una historia que se adecuase a los objetivos planteados y que transitase por los paisajes y las experiencias del viaje real. Es lógico pues, que puestos a inventar, introduzcamos en este elemento eminentemente creativo todos aquellos alicientes de la novela que más atrapan al lector: intriga, suspense, incógnitas, situaciones que hace falta ir descubriendo poco a poco, etcétera.

Tenemos, ahora sí, los tres elementos que habremos de articular de manera equilibrada, coherente y original durante el proceso creativo de la novela, y que apelan a tres ámbitos distintos de acción de nuestro poder creativo: rigor en lo que es real, capacidad para hacer reflexionar al lector e imaginación.

Volvamos, pues, al método. Hemos dicho que nos tenía que servir para armonizar, encajar, articular, amalgamar tres elementos bien distintos con la intención que el resultado sea un todo compacto y homogéneo. Normalmente, un método se sirve de materias primas. Como en nuestro caso trabajamos a partir de tres fundamentos, detectaremos tres de estas materias. En la elaboración concreta de El futur esperant fueron: en primer lugar, la que procedía del viaje real, toda la documentación que tenía de dicho viaje: cuadernos de notas, fotos, blog, etcétera; en segundo lugar, la que procedía de la voluntad de invitar a pensar al lector, un ensayo revolucionario sobre el origen de la razón humana que sitúo al inicio de la novela en forma de monólogo teatral y que servirá de interlocutor y contrapunto durante la evolución que sufren los personajes a lo largo de su viaje; y, por último, la que procedía de la imaginación, un esquema de la particular historia que pensé para los personajes de la novela, Martí y Desi, y que, como ya he dicho, pretendía potenciar todos los conocimientos adquiridos durante el viaje y al mismo tiempo rebajar a la experiencia concreta de los personajes las preguntas universales por las que transita la novela.

A partir de aquí el método funcionaba casi por sí solo. Primero sustraía del material de viaje las ideas fundamentales adquiridas durante una situación concreta, ya fuera el impacto de un paisaje, las curiosidades de una ciudad, la visita a una organización, las sensaciones de un trekking, etcétera. Después, intentaba detectar un concepto nuclear que me sirviera de faro o soporte donde ir vistiendo el capítulo. A continuación, escogía un aspecto de la vida de los protagonistas o una situación de la trama que viven, intentando que se adecuase o encajase lo mejor posible con los otros dos contenidos. Finalmente empezaba a redactar el capítulo a partir de todo aquello que había escogido de cada una de esas materias primas.

En resumen: no hace falta renunciar a la imaginación para inmortalizar un episodio vital de nuestra vida, más bien lo contrario, la novela nos permite crear un universo más amplio a su alrededor, nos permite gozar como escritores de ese proceso creativo que tanto nos estimula integrando elementos que de otro modo no tendrían cabida y que reduciría nuestra obra a una mera transcripción de los hechos. Pero sobretodo, nos permite conectar de un modo más directo con nuestros lectores, porque el poder que tiene un personaje para conseguir que un lector se identifique con él, es mucho mayor que el que pueda tener un narrador en primera persona.

 

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