Ruta literaria por la Cantabria de ‘El enigma Cerdà’: viaje a Las Caldas de Besaya

Preparamos la mochila y nos vamos a Las Caldas de Besaya. ¿Nos acompañáis?

El balneario de Las Caldas de Besaya, donde murió Cerdà en 1876

¿Y si el célebre ingeniero Ildefonso Cerdà hubiera dejado huellas ocultas en el lugar donde murió? ¿Y si las cosas no hubieran sucedido tal como nos las contaron? Son algunas de las preguntas que nos sugiere El enigma Cerdà, la nueva novela del escritor Toni Carrère. Taller de Letras ha decidido emprender un nuevo viaje literario para averiguarlo, y lo ha hecho de la mejor manera posible: acompañados por el propio autor. Preparamos la mochila y nos vamos a Las Caldas de Besaya. ¿Nos acompañáis?

La primera cosa que debemos tener en cuenta es que nuestro viaje no es exclusivamente ‘literario’, porque El enigma Cerdà cuenta con un atractivo añadido: no todo es ficción. Toni Carrère nos lo explica: “los personajes y la trama que los envuelve son ficticios, pero todo lo demás es cierto: los documentos que se citan, las situaciones que vivió Cerdà, las incógnitas que despierta su legado”. Con el objetivo de conocer esas incógnitas, echamos el libro en la mochila y visitamos los 7 puntos clave:

  1. Balneario de Las Caldas de Besaya: vestíbulo de entrada.
Fahcada del Balneario desde el puente que cruza el río Besaya
Fachada del Balneario desde el puente que cruza el río Besaya

Bajamos del coche y nos plantamos ante la puerta del imponente Balneario de Las Caldas de Besaya. Hace un siglo fue un punto de encuentro de la alta burguesía, y aún conserva mucho de su aire señorial. Las grandes letras de la fachada resaltan sobre las paredes blancas con la sobriedad de quien no necesita artificios para destacar. A la derecha, el discurrir tranquilo del río Besaya marca las silenciosas reglas de la casa: reposo y tranquilidad. Eso es exactamente lo que fue a buscar Ildefonso Cerdà en agosto de 1876. Poco podía imaginar que aquel sería su último viaje. ¿O tal vez lo sospechaba?

Con la misma impaciencia que Gerard, el apasionado arquitecto de la novela, accedemos al vestíbulo de entrada y nos dirigimos a la recepción. Una joven nos recibe con una amplia sonrisa. Frente a ella, un discreto cuadro nos recuerda que Cerdà estuvo justo aquí. La novela rinde homenaje a ese pequeño rinconcito del vestíbulo:

“Gerard no salía de su asombro. No podía creerse lo que estaba oyendo. Pensaba que Cerdà sería un perfecto desconocido en aquellas tierras y presentía que la recepcionista de aquel balneario sabía mucho más de lo que él podía imaginar.

– Por favor, dese la vuelta –añadió la mujer al tiempo que le señalaba un cuadro colgado en la pared (…)”

  1. Una lujosa bañera de mármol en el corazón del balneario.
Bañera encargada por Isabel II en 1867
Bañera encargada por Isabel II en 1867

No sólo la alta burguesía se reunía en el balneario para descansar –y quién sabe si cerrar algún negocio–. La mismísima reina Isabel II no quiso perderse la oportunidad de conocer las bondades curativas del balneario, y quiso hacerlo a lo grande: mandó construir su propia bañera, tallada en mármol. La bañera aún se conserva en el balneario, absolutamente intactata, acompañada de una placa conmemorativa y un cuadro de la reina. Toni Carrère no quiso perder la ocasión de incluirla en la novela.

“Después de caminar unos metros, Gerars detuvo su mirada durante unos instantes en una bañera de mármol que estaba expuesta en un rincón de la sala.

– Perteneció a Isabel II. Era de uso exclusivo de la reina – dijo el enfermero (…)”.

 

  1. Placa histórica junto al río Besaya

IMG_2955A pesar de la enorme influencia de Cerdà sobre el urbanismo y la ingeniería, no se encuentran muchos rastros de su presencia en Cantabria. El propio balneario, y algún artículo del periodista local Nacho Cavia, son las excepciones. Tal vez esa misma ausencia, y el misterio que la acompaña, forme parte de su encanto. Sin embargo, delante mismo del balneario hallamos una de las pocas placas explicativas de la zona. La encontraremos junto al puente que cruza el río, a pocos metros de la puerta del balneario.

“Al cruzar la calle, Gerard se detuvo frente a una placa que hacía alusión al paso de personajes famosos por el balneario, entre ellos la reina Isabell II, el tenor Miguel Fleta y, como no podía ser de otra forma, Ildefonso Cerdà. Junto a él, un artículo del diario La Imprenta se hacía eco de la noticia dos días después de su muerte (…)”.

Que una ruta literaria tenga parada obligatoria en un cementerio resulta inquietante, pero cuando averigüemos el motivo de la visita del protagonista de la novela nuestra inquietud se transformará en perplejidad

  1. Un paraíso tras la verja: los jardines junto al río

IMG_2967Se dice que Ildefonso Cerdà no acudía al balneario exclusivamente por sus aguas curativas, sino también por la paz que le inspiraba el lugar. Los jardines junto al río tienen mucho que ver. Sólo hay que cruzar la verja metálica para acceder a un lugar paradisíaco, con la presencia de las características hortensias y sugerentes caminos de gravilla.

La novela lo retrata así:

“Cruzaron la verja metálica e iniciaron su recorrido por los jardines flanqueados por amplios espacios verdes, poblados de árboles centenarios. Las nubes cubrían las cimas y de fondo se percibía el sonido relajante de las aguas discurriendo por el cauce del río Besaya”.

 

  1. Un enclave enigmático: el cementerio de San Martín de Barros
El misterioso cementerio de San Martín de Barros
El misterioso cementerio de San Martín de Barros

Que una ruta literaria tenga parada obligatoria en un cementerio resulta inquietante, pero cuando averigüemos el motivo de la visita del protagonista de la novela nuestra inquietud se transformará en perplejidad. El cuerpo de Ildefonso Cerdà reposó en este cementerio, situado a poco más de un kilómetro del balneario, durante décadas. Quienes conocen la historia aseguran que en realidad los restos del ingeniero nunca abandonaron el cementerio. ¿Leyendas rurales? ¿Mitos infundados? Lo cierto es que todo son enigmas alrededor de este punto, que tiene un papel clave en la novela.

“Gustavo empujó los barrotes. El chirriar de la puerta no pareció inquietar lo más mínimo a ninguno de los inquilinos de aquel lugar sagrado (…). Gerard buscó sin éxito el nombre de Ildefonso Cerdà entre las tumbas. Luego examinó cada uno de los rincones tratando de encontrar cualquier vestigio, algún rótulo que evidenciara que había sido enterrado en aquel lugar. Ningún rastro. Ninguna referencia”.

 

 

  1. Cementerio de Mata

Mata es un pequeño núcleo perteneciente a San Felices de Buelna. Como en el de San Martín de Barros, el protagonista de El enigma Cerdà trata de hallar indicios de la presencia de Ildefonso Cerdà. En realidad, este inusual recorrido por los cementerios reproduce el periplo del propio autor en busca de información fiable para poner los cimientos de su novela.

“La misma verja, las mismas lápidas, la misma distribución y, sorprendentemente, ninguna fecha anterior a 1945.

– A mí no me mires. Yo soy de Madrid y te juro que es la primera vez que hago un tour por los cementerios de la zona”.

– ¿Dónde enterraban aquí a la gente?

  1. Santuario de Las Caldas de Besaya: el reino de los dominicos
Acceso al monumental Santuario de Nuestra Señora de Caldas
Acceso al monumental Santuario de Nuestra Señora de Caldas

Nuestra aventura literaria concluye a pocos metros del balneario, en un lugar espectacular: el santuario de los dominicos, situado en la ladera rocosa de la Hoz. Sus orígenes se remontan a una pequeña ermita medieval donde se veneraba una misteriosa imagen de la Virgen, tal vez del siglo XIII. Los dominicos se instalaron hace más de cuatro siglos, en 1605. Aún hoy sigue celebrando actos de culto a diario, aunque ya poco queda de los años de esplendor de los dominicos.

En la novela, este santuario forma parte de la investigación del protagonista en su búsqueda de la verdad sobre Ildefonso Cerdà:

“Existe la posibilidad de que le enterraran en el Santuario de Las Caldas de Besaya, situado cerca del balneario –prosiguió Federico–. Está regentado por los dominicos. En realidad, sólo los monjes podían recibir allí sepultura, pero sé de buena tinta que tratándose de algún noble o de una persona adinerada, se hacían algunas excepciones (…)”.

 

 

Dónde conseguir la novela:

portada el enigma cerda

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