Sergio Heredia: “tuve una noche epifánica y ahí empezó todo”

Por Aureli Vázquez

(fotos: David Fernández Coronel)

Curtido en el oficio de narrar como periodista del diario La Vanguardia, Sergio Heredia (Barcelona, 1970) aprovecha su faceta de corredor de fondo para dar rienda suelta a su imaginación. Se estrena en la ficción con una novela titulada Soñé que estaba vivo (Letras Difusión). Sus personajes, subyugados por la ignorancia y el miedo, transitan en un mundo rural que a veces recuerda a Luis Mateo Díez.

Soñé que estaba vivo es un conjunto de relatos, pero todos ellos están conectados entre sí. ¿Podemos hablar de una novela?

Me resulta difícil ponerle cualquiera de las dos etiquetas, y realmente la idea era ésta. Es un juego. Quería crear un marco geográfico que no existe, intemporal, donde pasaran historias en diferentes pueblos y que estuvieran entrelazadas. Cuando me preguntaban de qué iba mi novela me costaba explicarlo, porque hay que meterse en la atmósfera. Algunos amigos la han leído a trozos y les ha costado. Cuando te adentras, si te dejas llevar, la cosa cambia.

Todo sucede en una región imaginaria llamada Camposanto, que incluye varios pueblos y montañas…

El nombre de Camposanto tiene un significado muy claro, porque los personajes están muertos aunque ellos no lo saben. Los personajes están sepultados, metafóricamente. Por el entorno geográfico y por los miedos y mitos que les condicionan.

¿Por qué te decidiste por un entorno rural?

Por dos motivos. El primero es que algunas de las historias que me han contado a mí en mi infancia sucedían en entornos rurales, porque de hecho mi madre procedía de ese mundo, concretamente de un pueblo muy pequeño que se llama Boadilla del Camino, en Palencia. Algunas de las historias que a mí me han explicado proceden de esos entornos más cercanos para mí, como el pastor Aranda. Por otro lado, creo que el mundo rural da para construir más mitos y fábulas.


Foto: David Fernàndez Coronel

Me han servido para construir la novela, sí. En el libro se habla de religión, a pesar de que personalmente no soy creyente en absoluto. También aparecen los políticos y su oportunismo. Como la banda de música que llega un día al pueblo, y que rápidamente el alcalde convierte en mérito propio. También aparece la inmigración: hay personajes gitanos, o un personaje negro que llega en avioneta, que por cierto está basado en mi padre –un dominicano que llegó a España hace cuarenta y cinco años– y que también pilotaba avionetas.

Tan interesante como lo que aparece en la novela es lo que no aparece: no hay teléfonos móviles, ni Internet, ni diarios, ni televisores…

Es un homenaje a la memoria, y también a todo lo que he leído, a las historias que se transmiten de generación en generación. Teniendo en cuenta que los personajes estaban muertos, pensé que no podía haber medios de comunicación, Internet, tele… nada de todo eso. De hecho, sólo hay un personaje que consigue entrar en la región de Camposanto, que es el negro en avioneta, y otro que sale, que es Niantos.

Dicen que escribir una novela es disfrutar y sufrir a la vez. ¿Has disfrutado escribiéndola?

Muchísimo. Desde niño que escribía cuentos. Hubo una época en que había acumulado bastantes, sin relación entre ellos. Tampoco les daba ninguna salida. Escribía un relato de diez páginas durante un fin de semana y allí se quedaba. Una noche, que yo digo que fue epifánica, me levanté y empecé a establecer relación entre ellos. Al día siguiente empecé a escribir y a adaptar, porque en muchos casos eran historias ya escritas.

Sin darte cuenta, el Camposanto ya existía…

Sí; yo llevaba años escribiendo esos cuentos, pero el proceso de construir esta historia fueron cuatro meses. También tuve que depurar el lenguaje, porque me di cuenta de que me había pasado con la adjetivación; en algunos casos, eran relatos un poco barrocos, típico de cuando eres más joven y empiezas a escribir. Prefiero describir a base de acción, no tanto de adjetivación y descripciones.

A pesar de todo, da la sensación de que has utilizado un lenguaje muy elaborado

Lo he trabajado mucho, sí. En Planeta me hicieron un informe sobre la novela y me dijeron que los personajes estaban bien construidos, que las historias eran redondas. Como nota comercial me pusieron un 6. Y como nota literaria, un 8,5. Pero es que además se lo leyó una segunda persona, con un resultado muy parecido. Nota comercial, un 6. Nota literaria, un 9. “¿Y entonces qué?”, les dije. Me respondieron que habían acabado de editar a una serie de autores noveles y que además el género del cuento no les encajaba en este momento, aunque lo que había escrito era bueno. Salí entusiasmado, pero al cabo de diez días me dije: ¿y ahora qué hago? Mis amigos y gente más allegada se lo leyó y me decían que les gustaba, pero claro, eran mis amigos y mi familia. Finalmente conseguí la editorial. Le pedí a Sergi Pàmies que me hiciera el prólogo, y él me respondió: “te seré sincero, si me gusta el libro te lo hago; si no, no”. Al cabo de un tiempo me dijo que se lo estaba leyendo por segunda vez, y enseguida me envió el prólogo.

Ahora que has tocado el tema comercial, es verdad que tu libro prescinde de los elementos más comerciales. No hay una trama trepidante, no tocas un tema de actualidad y además apostaste por un primer capítulo algo enrevesado.

Sí. A mí me interesa más Las mil y una noches que los libros Nocilla, para que me entiendas.

Al final de la novela uno de tus personajes, que es un niño, dice de los habitantes del Camposanto que son “demasiado simples, demasiado cobardes, ignorantes, pasivos…”. ¿Es así como ves tú a tus personajes?

En esta novela no hay héroes. El único que se puede considerar como tal es Niantos, un valiente que se atreve a seguir a un bibliotecario y acaba encerrado para siempre entre libros. Los veo a todos ellos como perdedores, acomplejados y muy poco aventureros. El personaje que se da cuenta de todo esto es un niño.

Algunos detalles de tus relatos evocan a Murakami, como por ejemplo la ‘morada del soñador’ (Murakami inventó un ‘lector de sueños’ en una de sus novelas). Otras veces tu relato recuerda a Luis Mateo Díez.

He leído algún libro de Murakami, aunque no soy consciente de que me haya influido. Luis Mateo Díez es mi ídolo literario, ¡y lo dice uno que no es para nada mitómano! Un día fui a correr por el parque del Retiro de Madrid y me lo encontré paseando. No pude evitarlo: me tuve que parar a saludarle. ¡El pobre hombre debió de asustarse! Me gusta mucho su manera de transmitir la relación entre personajes y sus diálogos. También me gustan Sánchez Piñol o Rulfo, y puede que se note en lo que escribo.

Fuiste atleta de elite y ahora ejerces como periodista. ¿Cómo te han influido ambas cosas en tu faceta de narrador?

Hace unos años yo competía en pruebas de medio fondo. Llegué a ser uno de los siete u ocho mejores de España en 800 metros, y tenía relación con Fermín Cacho, Reyes Estévez y otros corredores de élite. Eso me facilitó las cosas para tener una plaza en la sección de deportes de La Vanguardia, donde había entrado como becario. Con el tiempo, después de nueve años escribiendo sobre deportes, hice lo posible por romper y ahora escribo sobre temas de Interior, política, etc.Por otra parte, correr influye en el proceso creativo, claro. Mientras hacía entrenamientos largos pensaba y me surgían ideas. Antes que Periodismo me saqué la carrera de Derecho, y correr me servía para asentar ideas. Ahora sigo corriendo 10 kilómetros a diario, y eso, como explica Murakami en uno de sus últimos libros, ayuda a crear.

Se dice que la condición de periodista ayuda a depurar el lenguaje. Pero se diría que tú utilizas diferentes registros para el periodismo y para la literatura.

A veces eso me ha creado problemas. Cuando elaboro información pura y dura, me gusta empezar siempre sorprendiendo. De hecho me gusta mucho Quim Monzó, sus historias sorprendentes.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario?

No, de momento no. Más adelante me gustaría centrarme en uno de los personajes de esta novela y desarrollar su historia. Ni siquiera tengo claro cuál de los personajes sería: estoy en ‘fase encuesta’ entre los lectores de la novela.

¿Te ha ayudado el hecho de ser periodista a encontrar editorial?

Hace unos años yo ya tenía la sensación de que sería más fácil publicar cuando llevara unos años de carrera. Con el tiempo, puedo decir que he publicado un montón de artículos en mi diario, y eso las editoriales pueden valorarlo, sí.

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