Umbral, Picasso y las casualidades curiosas

'Las señoritas de Avignon', de Pablo Picasso (1907)

Por Alejandro Montenegro

Hace unos pocos días me recomendaron la lectura de la obra de Francisco Umbral. De la biblioteca saqué una novela suya que toma en préstamo el título de una de las más afortunadas pinturas de Pablo Picasso: Las señoritas de Aviñón. Me llevé la novela a casa y la dejé sobre el tablero de mi escritorio, arriba de una pila de libros, y allí la olvidé hasta que tuviera tiempo para leerla. Durante esos días tuve la intención de escribir este artículo, y revolví ideas y temas distintos sin averiguar cuál podría funcionar bien o estar mejor traído, sin demasiada suerte, al cabo. El problema peor cuando se quiere hacer algo es efectivamente no hacerlo, y en esas estaba yo: queriendo escribir sin saber qué escribir.

En las jornadas sucesivas muchas veces leí, distraídamente, pero con una extraña sensación vaga que no supe identificar, el título de ese libro olvidado sobre mi escritorio: Las señoritas de Aviñón, leía. Y, de pronto, cobró sentido: recordé una antigua nota que había tomado y guardado hace un tiempo. Las señoritas de Aviñón -me dije-: Por supuesto.

Es el cuadro de Pablo Picasso una pintura en el mundo entero conocida y estudiada de sobra, que no necesita de mayores presentaciones; un prodigio sin parangón que afectaría irremediablemente al modo de hacer Arte. No obstante, cuando el cuadro recién había nacido el tiempo no estaba aún maduro para aceptarlo o para permitirlo siquiera, y sufrió una muy adversa suerte que retrasaría considerables años su presentación en sociedad.

Puedo imaginar el amargo desaliento que debió de sentir el pintor al mostrar su cuadro por vez primera tras tantas largas madrugadas de trabajo en su taller de Bateau-Lavoir entre los meses de marzo y julio de 1907 y atender tan sólo a severos juicios y declaraciones de incomprensión hacia su obra (es cierto que algunos pocos lo apoyaron, sin embargo). Desamparada, en 1910 la pintura permanecía todavía sin título y recibiendo malas críticas. No fue hasta el 1916 que por fin el malhadado cuadro se expuso, en la Galerie d’Antin en París… pero únicamente para volver a ser custodiado por el propio artista en su estudio hasta principios de los años 20, cuando sería comprado por el diseñador francés Jacques Doucet. Finalmente, el Museo de Arte Moderno de Nueva York lo adquirió e incorporó a su colección en 1939.

Algo que suele ser fuente de infinitos ejercicios de estudio cuando una obra de arte es reconocida y que con frecuencia provoca dolores de cabeza grandes a quienes se dedican a tales intereses son los orígenes de la obra, las influencias del artista: las perlas que son unas veces sabiduría y, otras, sabiduría también, y que las hay o debe haberlas tras de cada creación.

Mucho se calculó acerca de los lugares de donde Picasso aprovechó las mágicas emanaciones para inspirarse y pintar sus formidables señoritas de Aviñón. Frecuentes y variados testimonios nos refieren un tozudo e incluso malhumorado Picasso que contrariaba y hasta negaba los valores del arte negro, del arte africano, en los cuales rápidamente se vio una ligazón más que segura: “En Les Demoiselles d’Avignon pinté una nariz de perfil en una cara de frente. Tuve que colocarla ‘atravesada’ para hacerla reconocible. A continuación se habló en seguida de arte negro. ¿Ha visto usted alguna escultura, solamente una, que tenga la nariz de perfil en una máscara de frente?”, dijo Picasso.

Aquí, y antes de continuar, debo aclarar que menos importante que resolver cómo surge una idea para escribir, menos importante que la serie de curiosas casualidades que originan este artículo es la feliz coincidencia que lo desata y que aún falta por revelar. Aquí no importa cuántas veces el pintor Pablo Picasso diera informaciones confusas acerca de Las señoritas de Aviñón, en qué fechas o en qué taller las pintara, qué dijeran o dejaran de decir sus amigos cuando vieron el cuadro o la identidad del sujeto que queda por descubrir y descubriremos al final del texto y cuya aportación será imprescindible y con el cual el pintor simpatizó y colaboró antes de trasladarse a París. Son estos hechos todos datos cualesquiera, meras piezas, y nada nos importa la figura en que resulten mientras las piezas encajen. (“En literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay tan sólo temas bien o mal tratados”. La sentencia es de Julio Cortázar, y nos viene genial al caso). Ignoro, además, si alguien habrá señalado la divertida coincidencia o si esta tiene siquiera valor alguno, pero presumo que muchos habrán advertido el peculiar acierto.

Hace unos pocos días buscaba sobre qué podría tratar este artículo cuando me recomendaron –debo agradecer la recomendación- leer a Francisco Umbral, y yo encontré luego la novela suya con el título ya mil veces repetido de Las señoritas de Aviñón. Picasso, en otra ocasión, dijo también: “Dicen que yo soy un hombre que busca. Pero yo no busco, encuentro”. Al instante supe que había encontrado mi artículo y supe que ya solamente me faltaba escribirlo cuando en la hora que debía volver a leer distraídamente y por enésima vez el título prestado del libro de Umbral, puesto el primero arriba en la pila de libros sobre el tablero de mi escritorio, recordé las palabras que en algún momento había anotado de la novela de Pío Baroja publicada en 1904, tres años antes de que Pablo Picasso pintara su obra esencial en su estudio parisino de Bateau-Lavoir, La busca, y que dicen así: (…) los toreros, a los cuales se les veía la nariz de perfil y al mismo tiempo la boca y los ojos de frente.

 

 

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